El interés de Donald Trump por Groenlandia revive el antecedente histórico de cuando Estados Unidos sí logró comprar un territorio danés en el Caribe.
La idea de ampliar el mapa de Estados Unidos no es nueva, pero volvió a sacudir la agenda internacional cuando Donald Trump retomó públicamente su interés por Groenlandia. El exmandatario justifica su ambición con un argumento recurrente en la historia estadounidense: la “seguridad nacional”. Incluso, ha deslizado la posibilidad de avanzar sin consenso, una postura que tensó su relación con varios países europeos y derivó en anuncios de represalias comerciales.
Sin embargo, más allá del impacto político actual, este episodio remite a un precedente poco recordado. Hace más de un siglo, Washington logró exactamente lo que hoy Dinamarca rechaza: comprar un territorio bajo su soberanía. No ocurrió en el Ártico, sino en el Caribe, donde un pequeño archipiélago cambió de bandera en medio de disputas globales y cálculos militares.
Antecedente histórico que resurge ante la ambición de Washington por Groenlandia.
Las hoy llamadas Islas Vírgenes de Estados Unidos se ubican al este de Puerto Rico y están formadas por islas principales como Saint Thomas, Saint John y Saint Croix, además de decenas de islotes menores. Aunque sus habitantes son ciudadanos estadounidenses, el territorio no está incorporado plenamente al país y carece de voto presidencial.
Con una economía fuertemente apoyada en el turismo y una ubicación vulnerable a huracanes, el archipiélago destaca por algo más que sus playas: su posición lo convierte en un punto clave para el control de las rutas marítimas del Caribe.
Durante siglos, estas islas fueron conocidas como las Indias Danesas Occidentales. Dinamarca consolidó su dominio en el siglo XVII y desarrolló allí una economía azucarera basada en la esclavitud, un sistema que dejó una huella profunda en la composición social y cultural de la región. Los nombres de ciudades como Christiansted o Frederiksted todavía recuerdan ese pasado colonial.
Con el tiempo, la rentabilidad del azúcar se desplomó y las revueltas sociales se multiplicaron. Para Copenhague, aquellas posesiones lejanas comenzaron a verse más como un problema que como un activo.
Tras la Guerra Civil, Estados Unidos inició una etapa de expansión y fortalecimiento naval alineada con la Doctrina Monroe. El Caribe se volvió una prioridad estratégica y el puerto natural de Saint Thomas despertó especial interés entre los planificadores militares estadounidenses.
Las primeras negociaciones para comprar las islas comenzaron en el siglo XIX, pero quedaron en suspenso, en parte por la polémica interna que generó la adquisición de Alaska. No sería hasta un conflicto global cuando el destino del archipiélago quedaría sellado.
El estallido de la Primera Guerra Mundial aceleró las decisiones. Con Europa sumida en el conflicto y el temor de que Alemania pudiera apoderarse de territorios estratégicos en el Caribe, Washington presionó a Dinamarca para cerrar un acuerdo. El riesgo de que submarinos enemigos usaran esos puertos como base resultaba inaceptable para Estados Unidos.
En 1916, ambos países pactaron la venta por 25 millones de dólares en oro. A cambio, Washington reconoció los intereses daneses en Groenlandia, un punto que hoy cobra especial relevancia ante el nuevo pulso diplomático. El acuerdo fue ratificado y respaldado por un referéndum en Dinamarca, aunque sin consultar a la población local de las islas.
El 31 de marzo de 1917, la bandera estadounidense se izó por primera vez en el archipiélago, mientras la danesa era arriada definitivamente.
Más de cien años después, el paralelismo es evidente. La diferencia es crucial: esta vez, Dinamarca no está dispuesta a vender. Y lo que en el pasado se resolvió con un contrato y lingotes de oro, hoy amenaza con convertirse en un nuevo foco de tensión internacional.